nieve

miércoles, 17 de agosto de 2011

.CAPITULO 8.


En ese momento, entraron los amigos de Diego, con los ojos rojos, como si hubiesen llorado y muy cabizbajos. Esther se acercó a ello.
- Hola chicos, ¿Dónde está Diego?
Los tres amigos se miraron mutuamente y después de unos segundo, que a Esther se le hicieron eternos, uno de los amigos se dignó a hablar.
- Verás Esther, es que, de camino aquí...
- No me vengas con rodeos, dímelo ya -dijo Esther visiblemente enfadada.
- Ha tenido un accidente.
Esther se paralizó completamente, con los ojos como platos, no se lo podía creer, no sabía que decir ni que hacer, si llorar y callarse o irse de allí, no sabía como reaccionar.
- Verás -dijo uno de los amigos, dispuesto a comenzar a contar lo que había ocurrido- Veníamos de recogerle, haciendo el tonto como siempre y Diego nos contó que hoy te iba a decir...-se paró cuando uno de sus amigos le dio un codazo- si habías echo los deberes...total, que giramos la calle y cuando íbamos a cruzar para venir al instituto, de repente una brisa de aire frío nos ha atravesado y Diego se a caído al suelo. Automáticamente hemos llamado a una ambulancia y se lo han llegado al hospital.
-¿Una brisa de aire frío? -preguntó Esther
- Sí, raro ¿verdad? -contestó uno.
-Sí, muy raro -dijo Esther pensativa.
Comenzaron las clases. Esther, apenas prestaba atención a las lecciones, tenía en mente ir al hospital, pero también como es posible que un sola brisa le haya podido hacer eso a alguien.
<<No será...No habrá sido capaz>> -pensó Esther frunciendo el ceño.
En cuanto sonó el timbre del fin de las clases Esther, con una gran velocidad, recogió sus cosas y se fue de camino para el hospital tan deprisa como pudo para ver a diego y si estaba bien decirle lo que le tenía que decir. Pero tenía un dilema. ¿Cómo se lo iba a decir?¿Sería lo suficientemente valiente? Para ella, esquivar cualquier tipo  de objeto puntiagudo, saltar acantilados e incluso pelear, era un juego de niño pero no estaba preparada para abrir sus sentimientos a alguien. Llegó a la puerta del hospital, respiró hondo, entró y se dirigió a recepción.
- Hola, ¿Cuál es la habitación de Diego...? -en ese momento, Esther pensó que no sabía como se apellidaba Diego.
- ¿Apellido? -preguntó la recepcionista.
- Pues no lo sé.
- Bueno, voy a poner su nombre haber si hay suerte -dijo la recepcionista con una sincera sonrisa- Mira que suerte, Diego Brown, está en la habitación 232, ¿Eres su novia?
- No -se sonrojó Esther.
- Parece un buen chico, espero que este bien -sonrió.
- Gracias, adiós.
Esther caminaba por el pasillo buscando la habitación en la que estaba Diego y mientras, pensaba que le iba a decir, pero de repente, se paró en mitad del pasillo.
- Pero...¿Dónde estoy? Creo que me he perdido, seré tonta.
Esther siguió caminando y caminando, perdida por el hospital hasta que vio en una de las puertas ''Habitación 232''. Una gran sonrisa la recorrió la cara y sin pensarlo dos veces entró. Allí estaba Diego, tapado por la sabana del hospital, con los ojos cerrados y un gran número de tubos en su cuerpo. Delante de la cama, había unos papeles con el pronóstico. Esther se acercó, miró los papeles y unas lágrimas cayeron por su cara. El papel decía:
Pronóstico: Rotura del tobillo izquierdo y torción de húmero derecho. Rotura de la parte derecha de la zona frontal de la cabeza.
Estado actuál: En coma.
Esther se apoyó en la cama, como si sus fuerzas se desvanecieran y rompió a llorar. Vio a Diego allí tumbado, a unos milimetros de ella, se acercó poco a poco y juntando sus lavios se acercó a una de sus mejillas y con mucho cuidado le dio un tierno beso.
CONTINUARÁ...

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